Eres la víctima Nº...

¿Por qué otra biblioteca?

Porque me vi en la necesidad de brindarle a mis estudiantes y amigos un lugar dónde poder ubicar buenos textos narrativos (cuento, relato y novela corta) que muy difícilmente hallarían en alguna biblioteca o feria, y así incentivar más la lectura de autores universales, extranjeros, nacionales y regionales. En esta biblioteca podrás descargar cuentos gratuitamente de autores como Yukio Mishima, J. L. Borges, Ernest Hemingway, Virginia Woolf, Lu Sin, Guy de Mauspassant, Mario Benedetti, Julio Ramón Ribeyro, Onetti, Allan Poe, Lovecraft, etc. entre otros más. También puedes solicitar que colguemos algún cuento que desees, enviando un mensaje a demencia18@hotmail.com; vemos si lo tenemos en biblioteca y listo. De igual forma poder darle, a quien desea mostrar su oficio literario, un espacio para que puedan colgar sus textos, sólo enviándolos al correo anterior; revisamos el texto, damos el visto bueno y, antes de colgarlo, le avisamos al autor para el permiso definitivo. Eso es todo...

PD. Los cuentos que aparecen con asterisco al final (*), son aquellos enviados por los autores.

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viernes 21 de mayo de 2010

Henry Kuttner - Las ratas del cementerio

El viejo Masson, guardián de uno de los más antiguos y descuidados cementerios de Salem, sostenía una verdadera contienda con las ratas. Hacía varias generaciones, se había asentado en el cementerio una verdadera colonia de ratas enormes procedentes de los muelles. Cuando Masson asumió su cargo, tras la inexplicable desaparición del guardián anterior, decidió eliminarlas. Al principio colocaba cebos y comida envenenada junto a sus madrigueras; más tarde, intentó exterminarlas a tiros. Pero todo fue inútil. Seguía habiendo ratas. Sus hordas voraces se multiplicaban e infestaban el cementerio.
 Eran grandes, aún tratándose de la especie de «decumagus», cuyos ejemplares miden a veces más de treinta y cinco centímetros de largo sin contar la cola pelada y gris. Masson las había visto hasta del tamaño de un gato; y cuando los sepultureros descubrían alguna madriguera, comprobaban con asombro que por aquellas malolientes galerías cabía sobradamente el cuerpo de una persona. Al parecer, los barcos que antaño atracaban en los ruinosos muelles de Salem debieron de transportar cargamentos muy extraños.
Masson se asombraba a veces de las extrañas proporciones de estas madrigueras. Recordaba ciertos relatos inquietantes que le habían contado antes de llegar a la vieja y embrujada ciudad de Salem. Eran relatos que hablaban de una vida larvaria que persistía en la muerte, ocultas en las olvidadas madrigueras de la tierra. Ya habían pasado los viejos tiempos en que Cotton Maher exterminara los cultos perversos y los ritos orgiásticos celebrados en honor de Hécate y de las siniestra Magna Mater. Pero todavía se alzaban las tenebrosas casas de torcidas buhardillas, de fachadas inclinadas y leprosas, en cuyos sótanos, según se decía, aún se ocultaban secretos blasfemos y se celebraban ritos que desafiaban tanto a la ley como a la cordura. Moviendo significativamente sus cabezas canosas, los viejos aseguraban que, en los antiguos cementerios de Salem, había bajo tierra cosas peores que gusanos y ratas.
En cuanto a estos roedores, ciertamente, Masson les tenía aversión y respeto. Sabía el peligro que acechaba en sus dientes afilados y brillantes. Pero no comprendía el horror que los viejos sentían por las casas vacías, infestadas de ratas. Había oído rumores sobre ciertas criaturas horribles que moraban en las profundidades de la tierra y tenían poder sobre las ratas, a las que agrupaban en ejércitos disciplinados. Según decían los ancianos, las ratas servían de mensajeras entre este mundo y las cavernas que se abrían en las entrañas de la tierra, muy por debajo de Salem. Y aún se decía que algunos cuerpos habían sido robados de las sepulturas con el fin de celebrar festines subterráneos y nocturnos. El mito de flautista de Hamelin era una leyenda que ocultaba, en forma de alegoría, un horror blasfemo; y según ellos, los negros abismos habían parido abortos infernales que jamás salieron a la luz del día.
Masson no hacía ningún caso de semejantes relatos. No fraternizaba con sus vecinos y, de hecho, hacía lo posible por mantener en secreto la existencia de las ratas. De conocerse el problema quizá iniciasen una investigación, en cuyo caso tendrían que abrir muchas sepulturas. Y en efecto, hallarían ataúdes perforados y vacíos que atribuirían a las actividades de las ratas. Pero descubrirían también algunos cuerpos con mutilaciones muy comprometedoras para Masson.
Los dientes postizos suelen hacerse de oro puro, y no se los extraen a uno cuando muere. Las ropas, naturalmente, son harina de otro costal, porque la compañía de pompas fúnebres suele proporcionar un traje de paño sencillo, perfectamente reconocible después. Pero el oro no lo es. Además, Masson negociaba también con algunos comerciantes de medicina y médicos pocos escrupulosos que necesitaban cadáveres sin importarles demasiado su procedencia.
Hasta entonces, Masson se las había arreglado muy bien para que no se iniciase una investigación. Había negado ferozmente la existencia de las ratas, aún cuando algunas veces éstas le hubiesen arrebatado el botín. A Masson no le preocupaba lo que pudiera suceder con los cuerpos, después de haberlos expoliado, pero las ratas solían arrastrar el cadáver entero por un boquete que ellas mismas roían en el ataúd.
El tamaño de esos agujeros tenía a Masson asombrado. Por otra parte, se daba la circunstancia de que las ratas horadaban siempre los ataúdes por uno de los extremos, y no por lados. Parecía como si las ratas trabajasen bajo la dirección de algún guía dotado de inteligencia.
Ahora se encontraba ante una sepultura abierta. Acababa de quitar la última paletada de tierra húmeda y de arrojarla al montón que había formado a un lado. Desde hacía varias semanas, no paraba de caer una llovizna fría y constante. El cementerio era un lodazal de barro pegajoso, del que surgían las mojadas lápidas en formaciones irregulares. Las ratas se habían retirado a sus agujeros; no se veía ni una. Pero el rostro flaco y desgalichado de Masson reflejaba una sombra de inquietud. Había terminado de descubrir la tapa de un ataúd de madera.
Hacía varios días que lo habían enterrado, pero Masson no se había atrevido a desenterrarlo antes. Los parientes del fallecido venían a menudo a visitar su tumba, aún lloviendo. Pero a estas horas de la noche, no era fácil que vinieran, por mucho dolor y pena que sintiesen. Y con este pensamiento tranquilizador, se enderezó y echó a un lado la pala.
Desde la colina donde estaba situado el cementerio, se veían parpadear débilmente las luces de Salem a través de la lluvia pertinaz. Sacó la linterna del bolsillo porque iba a necesitar luz. Apartó la pala y se inclinó a revisar los cierres de la caja.
De repente, se quedó rígido. Bajo sus pies había notado un rebullir inquieto, como si algo arañara o se revolviera dentro. Por un momento, sintió una punzada de terror supersticioso, que pronto dio paso a una rabia furiosa, al comprender el significado de aquellos ruidos. ¡Las ratas se habían adelantado otra vez!
En un rapto de cólera, Masson arrancó los cierres del ataúd. Metió el canto de la pala bajo la tapa e hizo palanca, hasta que pudo levantarla con las dos manos. Luego encendió la linterna y la enfocó al interior del ataúd.
La lluvia salpicaba el blanco tapizado de raso; el ataúd estaba vacío. Masson percibió un movimiento furtivo en la cabecera de la caja y dirigió hacia allí la luz.
El extremo del sarcófago había sido horadado, y el boquete comunicaba con una galería, al parecer, pues en aquel mismo momento desaparecía por allí, a tirones, un pie fláccido enfundado en su correspondiente zapato. Masson comprendió que las ratas se le habían adelantado, esta vez, sólo unos instantes. Se dejó caer a gatas y agarró el zapato con todas sus fuerzas. Se le cayó la linterna dentro del ataúd y se apagó de golpe. De un tirón, el zapato le fue arrancado de las manos en medio de una algarabía de chillidos agudos y excitados. Un momento después, había recuperado la linterna y la enfocaba por el agujero.
Era enorme. Tenía que serlo; de lo contrario, no habrían podido arrastrar el cadáver a través de él. Masson intentó imaginarse el tamaño de aquellas ratas capaces de tirar del cuerpo de un hombre. De todos modos, él llevaba su revólver cargado en el bolsillo, y esto le tranquilizaba. De haberse tratado del cadáver una persona ordinaria, Masson habría abandonado su presa a las ratas, antes de aventurarse por aquella estrecha madriguera; pero recordó los gemelos de sus puños y el alfiler de su corbata, cuya perla debía ser indudablemente auténtica, y, sin pensarlo más, se prendió la linterna al cinturón y se metió por el boquete. El acceso era angosto. Delante de él, a al luz de la linterna, podía ver como las suelas de los zapatos seguían siendo arrastradas hacia el fondo del túnel de tierra. También el trató de arrastrase lo más rápidamente posible, pero había momentos en que apenas era capaz de avanzar, aprisionado entre aquellas estrechas paredes de tierra.
El aire se hacía irrespirable por el hedor de la carroña. Masson decidió que, si no alcanzaba el cadáver en un minuto, volvería para atrás. Los temores supersticiosos empezaban a agitarse en su imaginación, aunque la codicia le instaba a proseguir. Siguió adelante, y cruzó varias bocas de túneles adyacentes. Las paredes de la madriguera estaban húmedas y pegajosas. Por dos veces oyó a sus espaldas pequeños desprendimientos de tierra. El segundo de éstos le hizo volver la cabeza. No vio nada, naturalmente, hasta que enfocó la linterna en esa dirección.
Entonces vio varios montones de barro que casi obstruían la galería que acababa de recorrer. El peligro de su situación se le apareció de pronto en toda su espantosa realidad. El corazón le latía con fuerza sólo de pensar en la posibilidad de un hundimiento. Decidió abandonar su persecución, a pesar de que casi había alcanzado el cadáver y las criaturas invisibles que lo arrastraban. Pero había algo más, en lo que tampoco había pensado: el túnel era demasiado estrecho para dar la vuelta.
El pánico se apoderó de él, por un segundo, pero recordó la boca lateral que acababa de pasar, y retrocedió dificultosamente hasta que llegó a ella. Introdujo allí las piernas, hasta que pudo dar la vuelta. Luego, comenzó a avanzar precipitadamente hacia la salida, pese al dolor de sus rodillas magulladas.
De súbito, una punzada le traspasó la pierna. Sintió que unos dientes afilados se le hundían en la carne, y pateó frenéticamente para librarse de sus agresores. Oyó un chillido penetrante, y el rumor presuroso de una multitud de patas que se escabullían. Al enfocar la linterna hacia atrás, dejó escapar un gemido de horror: una docena de enormes ratas le miraban atentamente, y sus ojillos malignos brillaban bajo la luz. Eran unos bichos deformes, grandes como gatos. Tras ellos vislumbró una forma negruzca que desapareció en la oscuridad. Se estremeció ante las increíbles proporciones de aquella sombra apenas vista.
La luz contuvo a las ratas durante un momento, pero no tardaron en volver a acercarse furtivamente. Al resplandor de la linterna, sus dientes parecían teñidos de un naranja oscuro. Masson forcejeó con su pistola, consiguió sacarla de su bolsillo y apuntó cuidadosamente. Estaba en una posición difícil. Procuró pegar los pies a las mojadas paredes de la madriguera para no herirse.
El estruendo del disparo le dejó sordo durante unos instantes. Después, una vez disipado el humo, vio que las ratas habían desaparecido. Se guardó la pistola y comenzó a reptar velozmente a lo largo del túnel. Pero no tardó en oír de nuevo las carreras de las ratas, que se le echaron encima otra vez.
Se le amontonaron sobre las piernas, mordiéndole y chillando de manera enloquecedora. Masson empezó a gritar mientras echaba mano a la pistola. Disparó sin apuntar, de suerte que no se hirió de milagro. Esta vez las ratas no se alejaron demasiado. No obstante, Masson aprovechó la tregua para reptar lo más deprisa que pudo, dispuesto a hacer fuego a la primera señal de un nuevo ataque.
Oyó movimientos de patas y alumbró hacia atrás con la linterna. Una enorme rata gris se paró en seco y se quedó mirándole, sacudiendo sus largos bigotes y moviendo de un lado a otro, muy despacio, su cola áspera y pelada. Masson disparó y la rata echó a correr.
Continuó arrastrándose. Se había detenido un momento a descansar, junto a la negra abertura de un túnel lateral, cuando descubrió un bulto informe sobre la tierra mojada, un poco más adelante. De momento, lo tomó como un montón de tierra desprendido del techo; luego vio que era un cuerpo humano.
Se trataba de una momia negruzca y arrugada, y Masson se dio cuenta, preso de un pánico sin límites, de que se movía.
Aquella cosa monstruosa avanzaba hacia él y, a la luz de la linterna, vio su rostro horrible a muy poca distancia del suyo. Era una calavera casi descarnada, la faz de un cadáver que ya llevaba años enterrado, pero animada de una vida infernal. Tenía unos ojos vidriosos, hinchados y saltones, que delataban su ceguera, y, al avanzar contra Masson, lanzó un gemido plañidero y entreabrió sus labios pustulosos, desgarrados en una mueca de hambre espantosa. Masson sintió que se le helaba la sangre.
Cuando aquel Horror estaba ya a punto de rozarle. Masson se precipitó frenéticamente por la abertura lateral. Oyó arañar en la tierra, justo a sus pies, y el confuso gruñido de la criatura que la seguía de cerca. Masson miró por encima del hombro, gritó y trató de avanzar desesperadamente por la estrecha galería. Reptaba con torpeza; las piedras afiladas le herían las manos y las rodillas. El barro le salpicaba en los ojos, pero no se atrevió a detenerse ni un segundo. Continuó avanzando a gatas, jadeando, rezando y maldiciendo histéricamente.
Con chillidos triunfales, las ratas se precipitaron de nuevo sobre él con una horrible voracidad pintada en sus ojillos. Masson estuvo a punto de sucumbir bajo sus dientes, pero logró desembarcarse ellas: el pasadizo se estrechaba y, sobrecogido por el pánico, pataleó, gritó y disparó hasta que el gatillo pegó sobre una cápsula vacía. Pero había rechazado las ratas.
Observó entonces que se hallaba bajo una piedra grande, encajada en la parte superior de la galería, que le oprimía cruelmente la espalda. Al tratar de avanzar notó que la piedra se movía, y se le ocurrió una idea: ¡Si pudiera dejarla caer, de forma que obstruyese el túnel!
La tierra estaba empapada por el agua de la lluvia. Se enderezó y se puso a quitar el barro que sujetaba la piedra. Las ratas se aproximaban. Veía brillar sus ojos al resplandor de la linterna. Siguió cavando, frenético, en la tierra. La piedra cedía. Tiró de ella y la movió de sus cimientos.
Se acercaban la ratas... Era el ejemplar que había visto antes. Gris, leprosa, repugnante, avanzaba enseñando sus dientes anaranjados. Masson dio un último tirón de la piedra y la sintió resbalar hacia abajo. Entonces reanudó su camino a rastras por el túnel.
La piedra se derrumbó tras él, y oyó un repentino alarido de agonía. Sobre sus piernas se desplomaron algunos terrones mojados. Más adelante, le atrapó los pies un desprendimiento considerable, del que logró desembarazarse con dificultad. ¡El túnel entero se estaba desmoronando!
Jadeando de terror, Masson se desmoronaba mientras la tierra se desprendía tras él. El túnel seguía estrechándose, hasta que llegó un momento en que apenas pudo hacer uso de sus manos y sus piernas para avanzar. Se retorció como una anguila hasta que, de pronto, notó un jirón de raso bajo sus dedos crispados; y luego su cabeza chocó contra algo que le impedía continuar. Movió las piernas y pudo comprobar que no las tenía apresadas por la tierra desprendida. Estaba boca abajo. Al tratar de incorporarse, se encontró con que el techo del túnel estaba a escasos centímetros de su espalda. El terror lo descompuso.
Al salirle al paso aquel ser espantoso y ciego, se había desviado por un túnel lateral, por un túnel que no tenía salida. ¡Se encontraba en un ataúd vacío, al que había entrado por el agujero que las ratas habían practicado en su extremo!
Intentó ponerse boca arriba, pero no pudo. La tapa del ataúd le mantenía inexorablemente inmóvil. Tomó aliento entonces, e hizo fuerza contra la tapa. Era inamovible, y aun si lograse escapar del sarcófago, ¿cómo podría excavar una salida a través del metro y medio de tierra que tenía encima?
Respiraba con dificultad. Hacía un calor sofocante y el hedor era irresistible. Era un paroxismo de terror, desgarró y arañó el forro acolchado hasta destrozarlo. Hizo un inútil intento por cavar con los pies en la tierra desprendida que le impedía la retirada. Si lograse solamente cambiar de postura, podría excavar con la uñas una salida hacia el aire... hacia el aire...
Una agonía candente penetró en su pecho; el pulso le dolía en los globos de los ojos. Parecía como si la cabeza se le fuera hinchando, a punto de estallar. Y de súbito, oyó los triunfales chillidos de las ratas. Comenzó a gritar, enloquecido, pero no pudo rechazarlas esta vez. Durante un momento, se revolvió histéricamente en su estrecha prisión, y luego se calmó, boqueando por falta de aire. Cerró lo ojos, sacó su lengua ennegrecida y se hundió en la negrura de la muerte, con los locos chillidos de las ratas taladrándole los oídos.



W. W. Jacobs - La pata de mono

La noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de Laburnum Villa los postigos estaban cerrados y el fuego ardía vivamente. Padre e hijo jugaban al ajedrez. El primero tenía ideas personales sobre el juego y ponía al rey en tan desesperados e inútiles peligros que provocaba el comentario de la vieja señora que tejía plácidamente junto a la chimenea.
-Oigan el viento -dijo el señor White; había cometido un error fatal y trataba de que su hijo no lo advirtiera.
-Lo oigo -dijo éste moviendo implacablemente la reina-. Jaque.
-No creo que venga esta noche -dijo el padre con la mano sobre el tablero.
-Mate -contestó el hijo.
-Esto es lo malo de vivir tan lejos -vociferó el señor White con imprevista y repentina violencia-. De todos los suburbios, este es el peor. El camino es un pantano. No se qué piensa la gente. Como hay sólo dos casas alquiladas, no les importa.
-No te aflijas, querido -dijo suavemente su mujer-, ganarás la próxima vez.
El señor White alzó la vista y sorprendió una mirada de complicidad entre madre e hijo. Las palabras murieron en sus labios y disimuló un gesto de fastidio.
-Ahí viene -dijo Herbert White al oír el golpe del portón y unos pasos que se acercaban. Su padre se levantó con apresurada hospitalidad y abrió la puerta; le oyeron condolerse con el recién venido.
Luego, entraron. El forastero era un hombre fornido, con los ojos salientes y la cara rojiza.
-El sargento mayor Morris -dijo el señor White, presentándolo. El sargento les dio la mano, aceptó la silla que le ofrecieron y observó con satisfacción que el dueño de casa traía whisky y unos vasos y ponía una pequeña pava de cobre sobre el fuego.
Al tercer vaso, le brillaron los ojos y empezó a hablar. La familia miraba con interés a ese forastero que hablaba de guerras, de epidemias y de pueblos extraños.
-Hace veintiún años -dijo el señor White sonriendo a su mujer y a su hijo-. Cuando se fue era apenas un muchacho. Mírenlo ahora.
-No parece haberle sentado tan mal -dijo la señora White amablemente.
-Me gustaría ir a la India -dijo el señor White-. Sólo para dar un vistazo.
-Mejor quedarse aquí -replicó el sargento moviendo la cabeza. Dejó el vaso y, suspirando levemente, volvió a sacudir la cabeza.
-Me gustaría ver los viejos templos y faquires y malabaristas -dijo el señor White-. ¿Qué fue, Morris, lo que usted empezó a contarme los otros días, de una pata de mono o algo por el estilo?
-Nada -contestó el soldado apresuradamente-. Nada que valga la pena oír.
-¿Una pata de mono? -preguntó la señora White.
-Bueno, es lo que se llama magia, tal vez -dijo con desgana el militar.
Sus tres interlocutores lo miraron con avidez. Distraídamente, el forastero llevó la copa vacía a los labios: volvió a dejarla. El dueño de casa la llenó.
-A primera vista, es una patita momificada que no tiene nada de particular -dijo el sargento mostrando algo que sacó del bolsillo.
La señora retrocedió, con una mueca. El hijo tomó la pata de mono y la examinó atentamente.
-¿Y qué tiene de extraordinario? -preguntó el señor White quitándosela a su hijo, para mirarla.
-Un viejo faquir le dio poderes mágicos -dijo el sargento mayor-. Un hombre muy santo... Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente. Le dio este poder: Tres hombres pueden pedirle tres deseos.
Habló tan seriamente que los otros sintieron que sus risas desentonaban.
-Y usted, ¿por qué no pide las tres cosas? -preguntó Herbert White.
El sargento lo miró con tolerancia.
-Las he pedido -dijo, y su rostro curtido palideció.
-¿Realmente se cumplieron los tres deseos? -preguntó la señora White.
-Se cumplieron -dijo el sargento.
-¿Y nadie más pidió? -insistió la señora.
-Sí, un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que pidió; la tercera fue la muerte. Por eso entré en posesión de la pata de mono.
Habló con tanta gravedad que produjo silencio.
-Morris, si obtuvo sus tres deseos, ya no le sirve el talismán -dijo, finalmente, el señor White-. ¿Para qué lo guarda?
El sargento sacudió la cabeza:
-Probablemente he tenido, alguna vez, la idea de venderlo; pero creo que no lo haré. Ya ha causado bastantes desgracias. Además, la gente no quiere comprarlo. Algunos sospechan que es un cuento de hadas; otros quieren probarlo primero y pagarme después.
-Y si a usted le concedieran tres deseos más -dijo el señor White-, ¿los pediría?
-No sé -contestó el otro-. No sé.
Tomó la pata de mono, la agitó entre el pulgar y el índice y la tiró al fuego. White la recogió.
-Mejor que se queme -dijo con solemnidad el sargento.
-Si usted no la quiere, Morris, démela.
-No quiero -respondió terminantemente-. La tiré al fuego; si la guarda, no me eche la culpa de lo que pueda suceder. Sea razonable, tírela.
El otro sacudió la cabeza y examinó su nueva adquisición. Preguntó:
-¿Cómo se hace?
-Hay que tenerla en la mano derecha y pedir los deseos en voz alta. Pero le prevengo que debe temer las consecuencias.
-Parece de Las mil y una noches -dijo la señora White. Se levantó a preparar la mesa-. ¿No le parece que podrían pedir para mí otro par de manos?
El señor White sacó del bolsillo el talismán; los tres se rieron al ver la expresión de alarma del sargento.
-Si está resuelto a pedir algo -dijo agarrando el brazo de White- pida algo razonable.
El señor White guardó en el bolsillo la pata de mono. Invitó a Morris a sentarse a la mesa. Durante la comida el talismán fue, en cierto modo, olvidado. Atraídos, escucharon nuevos relatos de la vida del sargento en la India.
-Si en el cuento de la pata de mono hay tanta verdad como en los otros -dijo Herbert cuando el forastero cerró la puerta y se alejó con prisa, para alcanzar el último tren-, no conseguiremos gran cosa.
-¿Le diste algo? -preguntó la señora mirando atentamente a su marido.
-Una bagatela -contestó el señor White, ruborizándose levemente-. No quería aceptarlo, pero lo obligué. Insistió en que tirara el talismán.
-Sin duda -dijo Herbert, con fingido horror-, seremos felices, ricos y famosos. Para empezar tienes que pedir un imperio, así no estarás dominado por tu mujer.
El señor White sacó del bolsillo el talismán y lo examinó con perplejidad.
-No se me ocurre nada para pedirle -dijo con lentitud-. Me parece que tengo todo lo que deseo.
-Si pagaras la hipoteca de la casa serías feliz, ¿no es cierto? -dijo Herbert poniéndole la mano sobre el hombro-. Bastará con que pidas doscientas libras.
El padre sonrió avergonzado de su propia credulidad y levantó el talismán; Herbert puso una cara solemne, hizo un guiño a su madre y tocó en el piano unos acordes graves.
-Quiero doscientas libras -pronunció el señor White.
Un gran estrépito del piano contestó a sus palabras. El señor White dio un grito. Su mujer y su hijo corrieron hacia él.
-Se movió -dijo, mirando con desagrado el objeto, y lo dejó caer-. Se retorció en mi mano como una víbora.
-Pero yo no veo el dinero -observó el hijo, recogiendo el talismán y poniéndolo sobre la mesa-. Apostaría que nunca lo veré.
-Habrá sido tu imaginación, querido -dijo la mujer, mirándolo ansiosamente.
Sacudió la cabeza.
-No importa. No ha sido nada. Pero me dio un susto.
Se sentaron junto al fuego y los dos hombres acabaron de fumar sus pipas. El viento era más fuerte que nunca. El señor White se sobresaltó cuando golpeó una puerta en los pisos altos. Un silencio inusitado y deprimente los envolvió hasta que se levantaron para ir a acostarse.
-Se me ocurre que encontrarás el dinero en una gran bolsa, en medio de la cama -dijo Herbert al darles las buenas noches-. Una aparición horrible, agazapada encima del ropero, te acechará cuando estés guardando tus bienes ilegítimos.
Ya solo, el señor White se sentó en la oscuridad y miró las brasas, y vio caras en ellas. La última era tan simiesca, tan horrible, que la miró con asombro; se rió, molesto, y buscó en la mesa su vaso de agua para echárselo encima y apagar la brasa; sin querer, tocó la pata de mono; se estremeció, limpió la mano en el abrigo y subió a su cuarto.




II

A la mañana siguiente, mientras tomaba el desayuno en la claridad del sol invernal, se rió de sus temores. En el cuarto había un ambiente de prosaica salud que faltaba la noche anterior; y esa pata de mono; arrugada y sucia, tirada sobre el aparador, no parecía terrible.
-Todos los viejos militares son iguales -dijo la señora White-. ¡Qué idea, la nuestra, escuchar esas tonterías! ¿Cómo puede creerse en talismanes en esta época? Y si consiguieras las doscientas libras, ¿qué mal podrían hacerte?
-Pueden caer de arriba y lastimarte la cabeza -dijo Herbert.
-Según Morris, las cosas ocurrían con tanta naturalidad que parecían coincidencias -dijo el padre.
-Bueno, no vayas a encontrarte con el dinero antes de mi vuelta -dijo Herbert, levantándose de la mesa-. No sea que te conviertas en un avaro y tengamos que repudiarte.
La madre se rió, lo acompañó hasta afuera y lo vio alejarse por el camino; de vuelta a la mesa del comedor, se burló de la credulidad del marido.
Sin embargo, cuando el cartero llamó a la puerta corrió a abrirla, y cuando vio que sólo traía la cuenta del sastre se refirió con cierto malhumor a los militares de costumbres intemperantes.
-Me parece que Herbert tendrá tema para sus bromas -dijo al sentarse.
-Sin duda -dijo el señor White-. Pero, a pesar de todo, la pata se movió en mi mano. Puedo jurarlo.
-Habrá sido en tu imaginación -dijo la señora suavemente.
-Afirmo que se movió. Yo no estaba sugestionado. Era... ¿Qué sucede?
Su mujer no le contestó. Observaba los misteriosos movimientos de un hombre que rondaba la casa y no se decidía a entrar. Notó que el hombre estaba bien vestido y que tenía una galera nueva y reluciente; pensó en las doscientas libras. El hombre se detuvo tres veces en el portón; por fin se decidió a llamar.
Apresuradamente, la señora White se quitó el delantal y lo escondió debajo del almohadón de la silla.
Hizo pasar al desconocido. Éste parecía incómodo. La miraba furtivamente, mientras ella le pedía disculpas por el desorden que había en el cuarto y por el guardapolvo del marido. La señora esperó cortésmente que les dijera el motivo de la visita; el desconocido estuvo un rato en silencio.
-Vengo de parte de Maw & Meggins -dijo por fin.
La señora White tuvo un sobresalto.
-¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Le ha sucedido algo a Herbert?
Su marido se interpuso.
-Espera, querida. No te adelantes a los acontecimientos. Supongo que usted no trae malas noticias, señor.
Y lo miró patéticamente.
-Lo siento... -empezó el otro.
-¿Está herido? -preguntó, enloquecida, la madre.
El hombre asintió.
-Mal herido -dijo pausadamente-. Pero no sufre.
-Gracias a Dios -dijo la señora White, juntando las manos-. Gracias a Dios.
Bruscamente comprendió el sentido siniestro que había en la seguridad que le daban y vio la confirmación de sus temores en la cara significativa del hombre. Retuvo la respiración, miró a su marido que parecía tardar en comprender, y le tomó la mano temblorosamente. Hubo un largo silencio.
-Lo agarraron las máquinas -dijo en voz baja el visitante.
-Lo agarraron las máquinas -repitió el señor White, aturdido.
Se sentó, mirando fijamente por la ventana; tomó la mano de su mujer, la apretó en la suya, como en sus tiempos de enamorados.
-Era el único que nos quedaba -le dijo al visitante-. Es duro.
El otro se levantó y se acercó a la ventana.
-La compañía me ha encargado que le exprese sus condolencias por esta gran pérdida -dijo sin darse la vuelta-. Le ruego que comprenda que soy tan sólo un empleado y que obedezco las órdenes que me dieron.
No hubo respuesta. La cara de la señora White estaba lívida.
-Se me ha comisionado para declararles que Maw & Meggins niegan toda responsabilidad en el accidente -prosiguió el otro-. Pero en consideración a los servicios prestados por su hijo, le remiten una suma determinada.
El señor White soltó la mano de su mujer y, levantándose, miró con terror al visitante. Sus labios secos pronunciaron la palabra: ¿cuánto?
-Doscientas libras -fue la respuesta.
Sin oír el grito de su mujer, el señor White sonrió levemente, extendió los brazos, como un ciego, y se desplomó, desmayado.




III

En el cementerio nuevo, a unas dos millas de distancia, marido y mujer dieron sepultura a su muerto y volvieron a la casa transidos de sombra y de silencio.
Todo pasó tan pronto que al principio casi no lo entendieron y quedaron esperando alguna otra cosa que les aliviara el dolor. Pero los días pasaron y la expectativa se transformó en resignación, esa desesperada resignación de los viejos, que algunos llaman apatía. Pocas veces hablaban, porque no tenían nada que decirse; sus días eran interminables hasta el cansancio.
Una semana después, el señor White, despertándose bruscamente en la noche, estiró la mano y se encontró solo.
El cuarto estaba a oscuras; oyó cerca de la ventana, un llanto contenido. Se incorporó en la cama para escuchar.
-Vuelve a acostarte -dijo tiernamente-. Vas a coger frío.
-Mi hijo tiene más frío -dijo la señora White y volvió a llorar.
Los sollozos se desvanecieron en los oídos del señor White. La cama estaba tibia, y sus ojos pesados de sueño. Un despavorido grito de su mujer lo despertó.
-La pata de mono -gritaba desatinadamente-, la pata de mono.
El señor White se incorporó alarmado.
-¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Qué sucede?
Ella se acercó:
-La quiero. ¿No la has destruido?
-Está en la sala, sobre la repisa -contestó asombrado-. ¿Por qué la quieres?
Llorando y riendo se inclinó para besarlo, y le dijo histéricamente:
-Sólo ahora he pensado... ¿Por qué no he pensado antes? ¿Por qué tú no pensaste?
-¿Pensaste en qué? -preguntó.
-En los otros dos deseos -respondió en seguida-. Sólo hemos pedido uno.
-¿No fue bastante?
-No -gritó ella triunfalmente-. Le pediremos otro más. Búscala pronto y pide que nuestro hijo vuelva a la vida.
El hombre se sentó en la cama, temblando.
-Dios mío, estás loca.
-Búscala pronto y pide -le balbuceó-; ¡mi hijo, mi hijo!
El hombre encendió la vela.
-Vuelve a acostarte. No sabes lo que estás diciendo.
-Nuestro primer deseo se cumplió. ¿Por qué no hemos de pedir el segundo?
-Fue una coincidencia.
-Búscala y desea -gritó con exaltación la mujer.
El marido se volvió y la miró:
-Hace diez días que está muerto y además, no quiero decirte otra cosa, lo reconocí por el traje. Si ya entonces era demasiado horrible para que lo vieras...
-¡Tráemelo! -gritó la mujer arrastrándolo hacia la puerta-. ¿Crees que temo al niño que he criado?
El señor White bajó en la oscuridad, entró en la sala y se acercó a la repisa.
El talismán estaba en su lugar. Tuvo miedo de que el deseo todavía no formulado trajera a su hijo hecho pedazos, antes de que él pudiera escaparse del cuarto.
Perdió la orientación. No encontraba la puerta. Tanteó alrededor de la mesa y a lo largo de la pared y de pronto se encontró en el zaguán, con el maligno objeto en la mano.
Cuando entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció cambiada. Estaba ansiosa y blanca y tenía algo sobrenatural. Le tuvo miedo.
-¡Pídelo! -gritó con violencia.
-Es absurdo y perverso -balbuceó.
-Pídelo -repitió la mujer.
El hombre levantó la mano:
-Deseo que mi hijo viva de nuevo.
El talismán cayó al suelo. El señor White siguió mirándolo con terror. Luego, temblando, se dejó caer en una silla mientras la mujer se acercó a la ventana y levantó la cortina. El hombre no se movió de allí, hasta que el frío del alba lo traspasó. A veces miraba a su mujer que estaba en la ventana. La vela se había consumido; hasta casi apagarse. Proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes.
Con un inexplicable alivio ante el fracaso del talismán, el hombre volvió a la cama; un minuto después, la mujer, apática y silenciosa, se acostó a su lado.
No hablaron; escuchaban el latido del reloj. Crujió un escalón. La oscuridad era opresiva; el señor White juntó coraje, encendió un fósforo y bajó a buscar una vela.
Al pie de la escalera el fósforo se apagó. El señor White se detuvo para encender otro; simultáneamente resonó un golpe furtivo, casi imperceptible, en la puerta de entrada.
Los fósforos cayeron. Permaneció inmóvil, sin respirar, hasta que se repitió el golpe. Huyó a su cuarto y cerró la puerta. Se oyó un tercer golpe.
-¿Qué es eso? -gritó la mujer.
-Un ratón -dijo el hombre-. Un ratón. Se me cruzó en la escalera.
La mujer se incorporó. Un fuerte golpe retumbó en toda la casa.
-¡Es Herbert! ¡Es Herbert! -La señora White corrió hacia la puerta, pero su marido la alcanzó.
-¿Qué vas a hacer? -le dijo ahogadamente.
-¡Es mi hijo; es Herbert! -gritó la mujer, luchando para que la soltara-. Me había olvidado de que el cementerio está a dos millas. Suéltame; tengo que abrir la puerta.
-Por amor de Dios, no lo dejes entrar -dijo el hombre, temblando.
-¿Tienes miedo de tu propio hijo? -gritó-. Suéltame. Ya voy, Herbert; ya voy.
Hubo dos golpes más. La mujer se libró y huyó del cuarto. El hombre la siguió y la llamó, mientras bajaba la escalera. Oyó el ruido de la tranca de abajo; oyó el cerrojo; y luego, la voz de la mujer, anhelante:
-La tranca -dijo-. No puedo alcanzarla.
Pero el marido, arrodillado, tanteaba el piso, en busca de la pata de mono.
-Si pudiera encontrarla antes de que eso entrara...
Los golpes volvieron a resonar en toda la casa. El señor White oyó que su mujer acercaba una silla; oyó el ruido de la tranca al abrirse; en el mismo instante encontró la pata de mono y, frenéticamente, balbuceó el tercer y último deseo.
Los golpes cesaron de pronto; aunque los ecos resonaban aún en la casa. Oyó retirar la silla y abrir la puerta. Un viento helado entró por la escalera, y un largo y desconsolado alarido de su mujer le dio valor para correr hacia ella y luego hasta el portón. El camino estaba desierto y tranquilo.


domingo 18 de abril de 2010

La otra piedad - Laura Massolo (*)


Dra. Bárbara Müller:

No espero que mi carta sirva para esclarecer los aspectos relacionados con el caso de Gonzalo Velázquez. No tengo datos precisos que aportar, no quiero aportarlos. Me he tomado el atrevimiento de intervenir sin haber sido convocada. Soy madre de un paciente del mismo sanatorio en el que Gonzalo estaba internado. Mi hijo, Manuel Losada, de veinte años, padece una patología por la que debe concurrir a la modalidad de Hospital de Día y recibe tratamiento psicológico y de rehabilitación.
De modo que usted no encontrará en mis palabras otro contenido que el de un mero punto de vista; punto de vista que, asociado a la identificación con aquellos que vivimos esta realidad en carne propia, he complementado con lo que pude ver y oír a partir de mi cercanía con esa institución.
Allí presido una pequeña cooperadora de padres destinada a subsanar algunas carencias que no son consideradas por los seguros médicos. Este cargo, que no es más que una acción benéfica, exige mi permanencia en el lugar durante los días de la semana. Con otras madres que tampoco tienen otra ocupación, cumplo funciones de índole práctica: recolecto fondos para alguna reparación, convoco, desde la solidaridad o desde la exhortación a la culpa, a padres que, por su oficio, puedan colaborar con tareas de mantenimiento y, fundamentalmente, promuevo una especie de apoyo “espiritual” para los más desvalidos. 
Aprovecho este comentario para invitarla a los talleres de reflexión que organizamos los jueves por la mañana. Pienso que respirar esta realidad, respirar el clima de pretendido consuelo, respirar ese otro clima de decepción y agobio, escuchar las ocasionales sentencias y las constantes quejas, ver cómo la angustia puede adquirir forma en la voz o en la cara, ver cómo se intenta un tejido reparador sobre la cáscara de un agujero, podrá serle útil, a lo mejor, para tomar distancia de sus indagaciones y admitir que lo sucedido con este chico sólo tiene por causa un designio que no comprendemos, - ni siquiera a fuerza de dolor y resignación - los que tenemos que vivir bajo el peso de esta cruz.

Usted pensará que mis ideas están ligadas a la religión y a la fe. En ese sentido, creo que no somos quienes deban juzgar ciertas actitudes humanas. Dicen que daremos cuenta de nuestros actos después del pasaje terrenal. Sin embargo, doctora, con respecto a mi fe, debo confesar que permanece aplastada bajo el imperio de una voluntad suprema que no dio lugar a ningún intercambio, que no me permitió pactar, que me dejó al margen de la esperanza de las compensaciones; y si procedo en conformidad con ciertas leyes es por una costumbre estereotipada, inyectada a fuerza de temor y defectuosidades, practicada a modo de murmullo en oposición al desaliento. Por mi experiencia, este pasaje terrenal nos deja intervenir pobremente en su acontecer; y es tal vez esta carta un acto de misericordia para con usted, y es, tal vez, un intento de soslayar la impotencia a la que estamos habituados.
Por otro lado, puedo aceptar la muerte de Gonzalo como el tránsito que le estaba destinado por esa voluntad suprema, pero me resulta inadmisible el manoseo burocrático y judicial al que han quedado sometidos estos sucesos.

Es cierto que Gonzalo, durante su internación, no recibía más visitas que las de su padre, esporádicas, quizá forzadas. Sin embargo, la señora Julia Velázquez no era la única madre que no concurría al sanatorio, y más allá de las razones vinculadas a su estado de salud, sería prudente contemplar que no todos venimos a este mundo preparados para aceptar lo que nos toca. Es una cuestión de fortaleza.
Dicen que la sabiduría inmensa de Dios distribuye en cada uno de nosotros la cruz que, por su peso y su medida, podemos soportar. Sin embargo, y tal vez por la intervención de otras fuerzas que desconozco, no siempre es posible sostener esa cruz. Hay un ácido que flota en la columna vertebral. A veces, carcome; a veces, sangra; a veces, nos entierra.

He sabido que se sospecha de una confabulación entre Ernesto y Julia Velázquez para provocar la muerte de Gonzalo. He sabido que se los acusa de haberle dado una sobredosis de medicación con ayuda de una enfermera a la que sobornaron. He sabido que varias personas relacionadas con el caso están siendo interrogadas para esclarecer esta suposición. Y estos rumores me indignan. Nadie más que Dios ha resuelto esa muerte, y si los instrumentos que el Señor usó para empujar el alma de ese chico a la eternidad debieron ser el enajenamiento o la locura, pues este mismo Señor sabrá por qué lo ha hecho.
Ante estos juicios y, sin la posibilidad de persuadir ni frenar a quienes los emiten, no me queda otro remedio que rezar. También rezo en estos momentos por usted.       

Deberíamos pensar que cualquiera de nosotros, ante la muerte de un hijo discapacitado, podría verse injustamente inculpado; sobre todo, teniendo en cuenta que, precisamente, por la fragilidad que caracteriza a estos enfermos, por su indefensión, por las complicaciones que las dolencias mentales provocan, la muerte es una posibilidad continua, como si colgaran de un hilo. Cabe citar el caso de una chiquita Down que sufrió un paro cardiorrespiratorio en terapia intensiva mientras estaba sola, ya que no permitieron la compañía de la madre en esa unidad. Sé que los padres han iniciado juicio al hospital. Sin embargo, creo que lo han hecho presionados por la influencia de ciertos abogados con fines de lucro, sin aceptar resignada y cristianamente la voluntad de Dios.
La muerte de Gonzalo, el desarrollo de esta historia, acentúan mi sensación de que todo está silenciosamente tejido de antemano en nuestros destinos, como si se tratara de una sociedad entre las asfixias y las cargas.

Creo, en resumen, que la indagatoria que usted está llevando a cabo es una locura, creo que es promover una ofensa. Creo que usted está en riesgo. Creo que se equivoca. Creo que se adentra en terrenos peligrosos.

Yo le reitero mi invitación a nuestras reuniones de los jueves. Venga, doctora, verá que entre alguna torta que llevamos, algunas galletas, algunas risas, va a desentrañar el patetismo que reviste la misión para la que estos padres fuimos “elegidos”. Venga, si quiere, al festival anual, donde disfrazamos a los chicos y nos disfrazamos; venga y mire las máscaras que tapan la consternación, el baile frenético de las sillas de ruedas, las sondas nasogástricas pintadas de verde fluorescente, las cabezas sin sostén bamboleándose al compás de la música, las manos al aire, sin asidero; el papel crepé roto, desgarrado, húmedo. Venga, si quiere, al templo carismático donde llevo a Manuel los domingos. Mire, allí, las crisis de histeria, los colapsos, los alaridos, los espíritus que, para quedar liberados del demonio, creen que deben atormentarse en la crispación y en el ahogo. Asómese a este mundo antes de juzgar a los que lo integramos. Venga a mi casa, trate de conversar conmigo en paz, perciba cómo nos interrumpe la inquietud, el estertor de una garganta que no articula, la baba que corre por un trapo siempre inmundo. Míreme, imagine que estoy escribiendo esta carta a las dos de la mañana porque es el único momento en que tengo silencio, porque ya emboqué, dificultosamente, cuidando mis dedos de la mordedura, todas las dosis de pastillas correspondientes, incluido un hipnótico para el sueño, media píldora para mí, que nunca duermo, que no sé si voy a despertarme con un cadáver o con un vegetal en la habitación de al lado. Créame, ahora que le digo que me han pasado los años y me ha pasado la vida sin poder escapar de este cuadro fatídico, de este encierro de aullidos, de médicos, de electroencefalogramas, y turnos, y recetas, y horarios de rehabilitación, y pañales enormes, y olores acres. Venga a ver las marcas en todas las paredes de mi casa: son de la silla de ruedas. Venga a sentir el aroma: a pis, a tristeza. Fíjese en mí, en mis arrugas, en mis puños, en los otros hijos que crecieron sin mi energía, sin mi alegría, sin mi cuidado. Tómese un trago de este vómito de amargura. Y, entonces, deje de mortificarse y mortificar a los demás con su pesquisa.
Recuérdeme que le muestre el certificado de incapacidad del noventa y ocho por ciento, mi sentencia, la certeza de una vida inútil que necesita de mí todo lo que tengo, todo lo que ya no tengo, todo lo que preciso fabricar con la ficción. Acompáñeme, una de las tantas veces en que me miro en el espejo y me pregunto quién soy. Quédese un día en este mundo. Vea que no se puede saber, ni entender, ni razonar, ni escuchar. Si fuera posible, mida la raíz de mi sentimiento, esta mezcla de amor y de rechazo, lo que se me desordena constantemente en la imperfección, en la indignidad, en la tortura. Trate de observar algo coherente en los ojos que no miran hacia ningún lado, en la cabeza que se cae. Intente traducir, en el sonido que parece una gárgara, las dos sílabas categóricas de la palabra mamá. Quédese quieta y contemple el espectáculo siniestro de una convulsión, ese dislate, esa espiral sin fondo. Mire las botellas vacías tiradas bajo la mesa, bajo la cama: son del hombre que pasará tambaleándose por algún lugar de la casa, la barba crecida, la bragueta siempre abierta, el pelo desprolijo. Ese desecho es el hombre con quien duermo sin dormir. Mire, hoy, casualmente, la sábana sucia de mi hija, la sana, la normal, la inteligente, la que nunca entendió por qué un día su madre desapareció de golpe y pasa las horas y las horas en un instituto de rehabilitación, limpiando mierda, mientras ella se revuelca sin sentido con cualquier hombre que pase. Venga. Mire. Asómese.
Vaya, después, a conversar con cuanto profesional de la salud se le cruce. Le van a decir las mismas resueltas idioteces: lo difícil, el daño, el emergente, el caos, la contención, la incontención, la fábula, tal vez la inconsciencia de una mujer que decidió no abortar para no irse al infierno y que, a los cuarenta y pico, acunó dulcemente a un monstruo con la pretensión de que era un ángel.
Lea bien lo que le escribo.
Vaya, después, y converse con un cura, con un mago, con diez locos. Es lo mismo, atado y desatado, el designio, el demonio, los dos filos cruzados en la espalda.
Pregúntele a cualquiera de las asistentes del instituto. Pregúnteles por los abandonos, por las ambulancias, por las convulsiones, por esos seres que de pronto adquieren el aire espeluznante de un poseído y se agrandan y se retuercen y tiemblan y se contorsionan, y se sacuden, y parecen tan magníficos como aterradores. O se encogen, como cáscaras de hierro, como pedazos de piedra imposibles de abrazar. Y se les mueven los brazos, y se les mueven las piernas, y se endurecen, y son estatuas, y la cabeza para un costado porque si no se muerden la lengua, y que se hagan todo encima, o que vomiten, o que se ahoguen, y los ojos, patéticos, desaparecidos a los costados, las órbitas en blanco.
Además, las convulsiones tienen sus causas: a veces la fiebre, a veces una emoción, a veces la imposibilidad de expresarse de otra forma. Y, a veces porque faltó la medicación, porque la hija de mil putas de la madre se olvidó de darle al ángel la medicación, porque la máquina falló en el instante del olvido. Entonces el ángel castiga retorciéndose.
Y ahí están, siempre, todos los días, como lo único que nos gobierna, lo que nos pone de rodillas, lo que nos hace cumplir, lo que nos obliga no sabemos a qué ni para qué. Y hay que seguir, hay que seguir, hay que seguir. No se pueden bajar los brazos, ni un minuto. No se pueden desatar las manos de las correas que sujetan al madero horizontal de la cruz. No se puede dejar la vertical forzosa de la que colgamos.
Y uno pretende explicarse que lo que manda es el amor, que es del corazón, del útero, de no sé dónde que sale la fuerza.
Pero son ellos los que mandan, los que dan las órdenes, los que disponen de la vida de todos, los que determinan lo cotidiano y lo perenne; que una se quede callada o que hable o que mire un programa por televisión o que no mire; que piense, que no piense. Absorben toda la energía, absolutamente toda.
Igual, a la mañana, empezar de nuevo, aunque duelan los huesos.
Claro, yo no podría dejar internado a Manuel. No podría por la culpa. Y es otra de las cosas que gobiernan: la culpa, la mal entendida piedad. ¿No sería mejor suponer un error de cálculo en la naturaleza?

Al principio, cuando Manuel entraba en una convulsión, me provocaba una especie de parálisis. Aparentemente, él no respiraba, pero la que no podía respirar era yo. A él se le torcían los ojos, a mí se me agrandaban. A él se le alargaban las manos, a mí se me encogían. Era un hechizo. Hubiera podido dominar a todos con una palabra, con una sola palabra; y uno esperaba que esa palabra brotara, de golpe, que rompiera el mutismo, como si Manuel fuera dueño de un lenguaje oculto, de larvas, de  bacterias, de algodón, de bichos, de fantasmas, y en el momento de la convulsión ese lenguaje pudiera reptar hasta la lengua.
Gonzalo también tenía convulsiones. Lo cuidé y lo limpié muchas veces en el sanatorio. Después se dormía. Eran horas de paz.

Dicen que cuando vuelven no se acuerdan de nada. Dicen que, a veces, escuchan ruidos, ven visiones. Es un misterio. Y es como si el aire se quedara quieto alrededor. Nadie sabe qué hacer, no se puede hacer nada. Una convulsión se parece a la muerte,  pero el corazón late, corre la sangre, hay una revolución como de lastimadura, chispas, cortocircuitos, latigazos; es como si de adentro emergiera otra vida, incontrolable. (Gonzalo, en cambio, era incontrolable todo el tiempo. Lo tenían atado, por precaución.)
Dicen que lo único que hay que hacer es rezar.
En los primeros años no pude rezar nunca. Me quedaba pegada a mi hijo, pero lejos; lo miraba, ni siquiera podía tocarlo. Ahora, cuando tiene convulsiones, rezo, solamente por costumbre, despacio, siempre las mismas oraciones, la repetición, el murmullo, el vaciamiento.
También rezaba por Gonzalo.
Además, doctora, usted tendría que ver cómo cantan en el templo, con qué alegría. La alegría de la fe, supongo. Y Manuel se alegra: aplaude, se ríe, mueve la cabeza, las manos, grita. Y aunque nos cueste, mi marido y yo, vamos; mi marido y yo, sobrios, porque a la iglesia es necesario ir sobrios, íntegros, sumisos, humildes, resignados. Y lo cargamos en brazos. No entramos la silla. Es peligroso porque hay gente que se descompone y se desmaya y se puede golpear con los caños, porque los que se quedan catatónicos se pueden golpear con los caños, porque las alucinaciones místicas y los alaridos y la espuma de la boca y las uñas con filo y las manos con forma de garras golpean contra los caños.
Es hermoso ir al templo. No sabe cómo ayuda. Hasta pude pedir una intención para que esa mujer y ese hombre, los padres de Gonzalo, encuentren paz; para que usted también encuentre paz, para que deje de buscar cruces, transportarlas, transferirlas.

Gonzalo Velázquez murió, seguramente, en forma accidental o a consecuencia de alguna complicación, como determinarán los médicos. Gonzalo Velázquez murió para cerrar un círculo, para encerrarla a usted en ese círculo.
La muerte no es ilógica. No todas las muertes son impredecibles.
Por otro lado, es tan fácil dejarlos morir. Basta con no alimentarlos, basta con no darles la medicación, basta con darles medicación de más, basta un descuido, un agua, una canilla abierta. Pero la desesperación está en la culpa, no en las resoluciones. Casi nadie sería capaz de tomar esa decisión. Casi nadie. Aunque.

¿Usted podría seguir leyendo esta carta si sólo imaginara, con toda la nitidez posible, que algo a lo que ama encarnizadamente pudiera convertirse en una estatua, aullar, deshacerse, temblar, desparramar humores?

¿Usted cree que Julia Velázquez y yo somos diferentes? No, doctora: la cruz tiene una proporción determinada. Existe una pesadez exacta que quiebra la espalda, que dobla en dos. Gonzalo llegó al límite del peso.
¿Usted cree que se puede mentir una alegría? ¿Cree que esos bailes morbosos de los festivales no son una puesta en escena de la desesperación, que la música misma no es un absurdo? No, doctora: hay pedazos de vidrio en la orilla de la garganta, hay un telón enganchado con alfileres a los ojos, hay una soga tensa a punto de soltarse, dar el tirón, desatar la locura.

Dejé mi profesión, hace veinte años; puntualmente, cuando tuve a Manuel. Soy psiquiatra. Pero todo se alteró, todo empezó a chocar. Y el entendimiento no resiste, no resisten las explicaciones; no hay explicaciones.
La razón impone un orden. La fe se respalda en cierto desorden. Yo necesitaba cantar a gritos, encender velas, y necesitaba estampitas y crucifijos y oraciones; necesitaba no pensar, no preguntarme. No me alcanzó la lógica. Se me desmoronó. Se me terminó la posibilidad de análisis.
Cambié la profesión por el misticismo, la palabra por el rito, la duda por la certidumbre, la consideración de la paradoja por el aplastamiento.
Son caminos, formas de evadirse. Cada cual elige el suyo.

Igual, no hay alivio. No tengo alivio.
Los Velázquez no tendrían alivio. Las demandas no dejaban alivio, las críticas a las inasistencias de Julia Velázquez, transmitidas a su marido en cada una de las ocasionales visitas, no permitían ningún alivio.
¿Pudieron razonar los Velázquez? ¿Hicieron un complot? ¿Lo mataron?
No sé.
Tal vez sea una forma de eutanasia. Una llovizna de piedad.

Además, he llegado a comprobar lo inverosímil. Hay algo que se teje en lo trágico, es un mecanismo, algo extraño, un miedo: El último paciente que atendí en ejercicio se llamaba Joaquín Müller.
¿Le dice algo esto, doctora? ¿No es una increíble coincidencia?

No puedo amenazarla con desertar de un secreto profesional. No lo haría. Pero tal vez usted esté buscando, con su empecinamiento contra los Velázquez, castigar a sus propios padres; revivir, con esta penitencia, al hermano imperfecto, al pobrecito que se ahogó “sin querer” en la bañera de su casa natal.
Cuando haya llegado al fondo de estas investigaciones, lo único que le va a quedar es un vacío sin respuestas, algo que se volverá en su contra, definitivamente.

Tome en cuenta mi consejo: abandone el caso.


(*) Premio Internacional Juan Rulfo 2001.
Visita su web aquí.



lunes 22 de marzo de 2010

JULIO CORTÁZAR - CONTINUIDAD DE LOS PARQUES


Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.


Julio Cortázar - Conducta en los velorios

 

 No vamos por el anís, ni porque hay que ir. Ya se habrá sospechado: vamos porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía. Mi prima segunda, la mayor, se encarga de cerciorarse de la índole del duelo, y si es de verdad, si se llora porque llorar es lo único que les queda a esos hombres y a esas mujeres entre el olor a nardos y a café, entonces nos quedamos en casa y los acompañamos desde lejos. A lo sumo mi madre va un rato y saluda en nombre de la familia; no nos gusta interponer insolentemente nuestra vida ajena a ese dialogo con la sombra. Pero si de la pausada investigación de mi prima surge la sospecha de que en un patio cubierto o en la sala se han armado los trípodes del camelo, entonces la familia se pone sus mejores trajes, espera a que el velorio este a punto, y se va presentando de a poco pero implacablemente.
En Pacífico las cosas ocurren casi siempre en un patio con macetas y música de radio. Para estas ocasiones los vecinos condescienden a apagar las radios, y quedan solamente los jazmines y los parientes, alternándose contra las paredes. Llegamos de a uno o de a dos, saludamos a los deudos, a quienes se reconoce fácilmente porque lloran apenas ven entrar a alguien, y vamos a inclinarnos ante el difunto, escoltados por algún pariente cercano. Una o dos horas después toda la familia esta en la casa mortuoria, pero aunque los vecinos nos conocen bien, procedemos como si cada uno hubiera venido por su cuenta y apenas hablamos entre nosotros. Un método preciso ordena nuestros actos, escoge los interlocutores con quienes se departe en la cocina, bajo el naranjo, en los dormitorios, en el zaguan, y de cuando en cuando se sale a fumar al patio o a la calle, o se da una vuelta a la manzana para ventilar opiniones políticas y deportivas. No nos lleva demasiado tiempo sondear los sentimientos de los deudos más inmediatos, los vasitos de caña, el mate dulce y los Particulares livianos son el puente confidencial; antes de media noche estamos seguros, podemos actuar sin remordimientos. Por lo común mi hermana la menor se encarga de la primera escaramuza; diestramente ubicada a los pies del ataúd, se tapa los ojos con un pañuelo violeta y empieza a llorar, primero en silencio, empapando el pañuelo a un punto increíble, después con hipos y jadeos, y finalmente le acomete un ataque terrible de llanto que obliga a las vecinas a llevarla a la cama preparada para esas emergencias, darle a oler agua de azahar y consolarla, mientras otras vecinas se ocupan de los parientes cercanos bruscamente contagiados por la crisis. Durante un rato hay un amontonamiento de gente en la puerta de la capilla ardiente, preguntas y noticias en voz baja, encogimientos de hombros por parte de los vecinos. Agotados por un esfuerzo en que han debido emplearse a fondo, los deudos amenguan en sus manifestaciones, y en ese mismo momento mis tres primas segundas se largan a llorar sin afectación, sin gritos, pero tan conmovedoramente que los parientes y vecinos sienten la emulación, comprenden que no es posible quedarse así descansando mientras extraños de la otra cuadra se afligen de tal manera, y otra vez se suman a la deploración general, otra vez hay que hacer sitio en las camas, apantallar a señoras ancianas, aflojar el cinturón a viejitos convulsionados. Mis hermanos y yo esperamos por lo regular este momento para entrar en la sala mortuoria y ubicarnos junto al ataúd. Por extraño que parezca estamos realmente afligidos, jamás podemos oír llorar a nuestras hermanas sin que una congoja infinita nos llene el pecho y nos recuerde cosas de la infancia, unos campos cerca de Villa Albertina, un tranvía que chirriaba al tomar la curva en la calle General Rodríguez, en Bánfield, cosas asi, siempre tan tristes. Nos basta ver las manos cruzadas del difunto para que el llanto nos arrase de golpe, nos obligue a taparnos la cara avergonzados, y somos cinco hombres que lloran de verdad en el velorio, mientras los deudos juntan desesperadamente el aliento para igualarnos, sintiendo que cueste lo que cueste deben demostrar que el velorio es el de ellos, que solamente ellos tienen derecho a llorar así en esa casa. Pero son pocos, y mienten (eso lo sabemos por mi prima segunda la mayor, y nos da fuerzas). En vano acumulan los hipos y los desmayos, inutilmente los vecinos más solidarios los apoyan con sus consuelos y sus reflexiones, llevándolos y trayéndolos para que descansen y se reincorporen a la lucha. Mis padres y mi tío el mayor nos reemplazan ahora, hay algo que impone respeto en el dolor de estos ancianos que han venido desde la calle Humboldt, cinco cuadras contando desde la esquina, para velar al finado.
Los vecinos más coherentes empiezan a perder pie, dejan caer a los deudos, se van a la cocina a beber grapa y a comentar; algunos parientes, extenuados por una hora y media de llanto sostenido, duermen estertorosamente. Nosotros nos relevamos en orden, aunque sin dar la impresión de nada preparado; antes de las seis de la mañana somos los dueños indiscutidos del velorio, la mayoria de los vecinos se han ido a dormir a sus casas, los parientes yacen en diferentes posturas y grados de agotagamiento, el alba nace en el patio. A esa hora mis tías organizan enérgicos refrigerios en la cocina, bebemos café hirviendo, nos miramos brillantemente al cruzarnos en el zaguán o los dormitorios; tenemos algo de hormigas yendo y viniendo, frotándose las antenas al pasar. Cuando llega el coche fúnebre las disposiciones estan tomadas, mis hermanas llevan a los parientes a despedirse del finado antes del cierre del ataúd, los sostienen y confortan mientras mis primas y mis hermanos se van adelantando hasta desalojarlos, abreviar el ultimo adiós y quedarse solos junto al muerto. Rendidos, extraviados, comprendiendo vagamente pero incapaces de reaccionar, los deudos se dejan llevar y traer, beben cualquier cosa que se les acerca a los labios, y responden con vagas protestas inconsistentes a las cariñosas solicitudes de mis primas y mis hermanas.
Cuando es hora de partir y la casa está llena de parientes y amigos, una organización invisible pero sin brechas decide cada movimiento, el director de la funeraria acata las órdenes de mi padre, la remoción del ataúd se hace de acuerdo con las indicaciones de mi tío el mayor. Alguna que otra vez los parientes llegados a último momento adelantan una reivindicación destemplada; los vecinos, convencidos ya de que todo es como debe ser, los miran escandalizados y los obligan a callarse. En el coche de duelo se instalan mis padres y mis tíos, mis hermanos suben al segundo, y mis primas condescienden a aceptar a alguno de los deudos en el tercero, donde se ubican envueltas en grandes pañoletas negras y moradas. El resto sube donde puede, y hay parientes que se ven precisados a llamar un taxi. Y si algunos, refrescados por el aire matinal y el largo trayecto, traman una reconquista en la necrópolis, amargo es su desengaño. Apenas llega el cajón al peristilo, mis hermanos rodean al orador designado por la familia o los amigos del difunto, y fácilmente reconocible por su cara de circunstancias y el rollito que le abulta el bolsillo del saco.
Estrechándole las manos, le empapan las solapas con sus lágrimas, lo palmean con un blando sonido de tapioca, y el orador no puede impedir que mi tío el menor suba a la tribuna y abra los discursos con una oración que es siempre un modelo de verdad y discreción. Dura tres minutos, se refiere exclusivamente al difunto, acota sus virtudes y da cuenta de sus defectos, sin quitar humanidad a nada de lo que dice; está profundamente emocionado, y a veces le cuesta terminar. Apenas ha bajado, mi hermano el mayor ocupa la tribuna y se encarga del panegírico en nombre del vecindario, mientras el vecino designado a tal efecto trata de abrirse paso entre mis primas y hermanas que lloran colgadas de su chaleco. Un gesto afable pero imperioso de mi padre moviliza al personal de la funeraria; dulcemente empieza a rodar el catafalco, y los oradores oficiales se quedan al pie de la tribuna, mirándose y estrujando los discursos en sus manos húmedas. Por lo regular no nos molestamos en acompañar al difunto hasta la bóveda o sepultura, sino que damos media vuelta y salimos todos juntos, comentando las incidencias del velorio. Desde lejos vemos cómo los parientes corren desesperadamente para agarrar alguno de los cordones del ataúd y se pelean con los vecinos que entre tanto se han posesionado de los cordones y prefieren llevarlos ellos a que los lleven los parientes.

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(Lima – Perú, 1984). Docente de la especialidad de Lengua y Literatura. Reside en la ciudad de Trujillo. Dirige Ediciones OREM. Ha obtenido diversos reconocimientos, nacionales y extranjeros, por su obra literaria. Sus textos, poéticos y narrativos, se encuentran dispersos en publicaciones virtuales y físicas de varios países. Realiza actividades de promoción cultural, así como de difusión de la lectura y dicta talleres de creación literaria a grupos de escritores jóvenes. Ha participado de diversos eventos literarios, dentro y fuera del país, como la IV Feria Internacional del Libro de Trujillo (Trujillo, 2009), I Festival Internacional de Poesía 'Por los caminos de Sipan' (Lambayeque, 2009), II Feria del Libro de Bernal (Piura, 2010), I Festival la Primavera de los Poetas (organizado por la Alianza Francesa de Trujillo, 2011), I Encuentro Binacional de Poesía Joven Ecuador-Perú (Ecuador, 2011), I Festival de Poesía San Luis 2011 'Emilio Adolfo Westphalen' (Lima, 2011), entre otros. Ha publicado los poemarios 'Arquitectura de un día común' (2009) y 'Cuarto Vecino' (2010). Recientemente se ha publicado su primer libro de cuentos denominado 'Braulio' (2011).